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25.2.07

"El País" avanza el capítulo clave del libro "Una verdad incómoda", del ex vicepresidente de EE UU Al Gore


Al Gore


FRAGMENTO LITERARIO
La politización del calentamiento global


Al Gore Vicepresidente de Estados Unidos durante los dos mandatos de Bill Clinton, su máxima prioridad ha sido siempre la crisis climática. Fruto de esa preocupación está su reciente película sobre el calentamiento global y el libro 'Una verdad incómoda'.


Al Gore- GORKA LEJARCEGI

Sí, la ciencia siempre está en proceso y siempre evoluciona, pero ya hay datos suficientes -daños suficientes- como para que sepamos sin lugar a dudas que tenemos problemas.

La verdad acerca del calentamiento global es especialmente incómoda e inconveniente para algunas personas y empresas poderosas.

Una de las técnicas utilizadas en la campaña para detener las acciones contra la crisis climática ha sido acusar a los científicos que intentan advertirnos de ser deshonestos

Parte del problema tiene que ver con un cambio estructural de largo plazo en el modo en que opera actualmente el mercado de ideas de Estados Unidos.

La verdad acerca del calentamiento global es especialmente incómoda e inconveniente para algunas personas y empresas poderosas, que ganan enormes sumas de dinero con actividades que saben muy bien que tendrán que modificar drásticamente a fin de garantizar la habitabilidad del planeta.

Esta gente -especialmente esas pocas personas de las empresas multinacionales que tienen muchísimo en juego- ha invertido muchos millones de dólares cada año buscando maneras de sembrar la confusión entre el público en lo relacionado con el calentamiento global. Esta gente ha sido particularmente eficaz en la construcción de una coalición con otros grupos que han acordado proteger sus intereses entre sí, y esa coalición se las ha arreglado para paralizar la capacidad de EE UU de dar una respuesta al problema del calentamiento global.
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La Administración de Bush-Cheney ha recibido un gran apoyo de esta coalición y parece estar haciendo todo lo que está en su mano para satisfacer sus intereses.
Por ejemplo, a muchos científicos que investigan el calentamiento global para el Gobierno se les ha ordenado que tengan cuidado con lo que dicen respecto de la crisis climática y se les ha dado instrucciones de que no hablen con los medios. Más importante aún, todas las iniciativas políticas estadounidenses relacionadas con el calentamiento global han sido modificadas según la perspectiva no científica -la perspectiva de la Administración- de que el calentamiento global no es un problema.
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A nuestros negociadores en los foros internacionales que tratan el calentamiento global se les ha aconsejado que intenten detener todo paso hacia alguna acción que pudiese resultar inconveniente para las compañías productoras de petróleo o carbón, aun si ello implica perturbar la maquinaria diplomática para conseguirlo.

Además, el presidente Bush designó como máxima autoridad de toda la política ambiental de la Casa Blanca a la persona a cargo de la campaña de desinformación sobre el calentamiento global montada por las empresas petroleras. Aun cuando este cabildero-abogado no tenía la más mínima formación científica, se le otorgó el poder de corregir y censurar las advertencias de la Agencia de Protección Ambiental (EPA) y otras agencias del Gobierno acerca del calentamiento global.

Los líderes políticos -en particular el presidente- pueden tener un enorme efecto no sólo en la política pública (especialmente mientras el Congreso estuvo controlado por el propio partido político del presidente, fue sumiso e hizo cualquier cosa que el presidente deseó), sino también en la opinión pública, especialmente entre sus seguidores.

Considérese este hecho: aun cuando los estadounidenses en general están cada vez más preocupados por el calentamiento global, las encuestas de opinión muestran que los miembros del propio partido del presidente le dan cada vez menos importancia al problema, tal vez porque se sienten naturalmente más inclinados a otorgarle al presidente el beneficio de la duda.

Lógica cambiante

La lógica ofrecida por los llamados escépticos del calentamiento global para oponerse a toda acción que pueda resolver la crisis climática ha cambiado varias veces con los años. Al principio, los opositores decían que no había ningún calentamiento global; afirmaban que se trataba únicamente de un mito. Pocos todavía dicen eso hoy día, pero ahora hay tantas pruebas innegables que echan por tierra semejante aserción que la mayoría de los negadores ha decidido modificar su táctica. Ahora reconocen que el planeta se está calentando, efectivamente, pero afirman inmediatamente que eso se debe a "causas naturales".

El propio presidente Bush todavía intenta mantener esta posición, aseverando que aun cuando parece que, en efecto, el mundo se está calentando, no hay ninguna prueba convincente de que los seres humanos sean los responsables del cambio. Y él parece estar particularmente convencido de que las compañías productoras de petróleo y carbón que tanto le han apoyado, jamás podrían tener algo que ver con todo esto.

Otro argumento relacionado que han utilizado los negadores es que, efectivamente, el calentamiento global parece real, pero probablemente eso sea bueno para nosotros. Y añaden que, por supuesto, cualquier esfuerzo por detenerlo sería, sin dudas, perjudicial para la economía.

Pero el argumento más reciente -y, en mi opinión, el más ignominioso- propuesto por los opositores del cambio es éste: sí, está ocurriendo, pero realmente no hay nada que podamos hacer al respecto, así que bien podríamos quedarnos de brazos cruzados. Esta facción favorece la continuidad de la práctica de seguir emitiendo contaminación relacionada con el calentamiento global a la atmósfera, aun cuando reconocen que la crisis que eso está produciendo es real y perjudicial. Su filosofía parece ser "comamos, bebamos y pasémoslo en grande, ya que mañana nuestros hijos heredarán lo peor de esta crisis; resulta demasiado incómodo tomarnos la molestia".

Todas estas lógicas cambiantes dependen, habitualmente, de la misma táctica política subyacente: afirmar que la ciencia tiene incertidumbres y que hay serias dudas acerca de los hechos básicos.

Estos grupos hacen hincapié en la incertidumbre porque saben que, en EE UU, la política puede quedar paralizada por su causa. Ellos entienden que es parte del instinto natural de un político evitar asumir cualquier posición que resulte controvertida, a menos -y hasta que- los votantes se lo exijan o la conciencia se lo requiera de manera perentoria. De tal modo, si los votantes y los políticos que los representan pueden ser convencidos de que los propios científicos no se ponen de acuerdo sobre cuestiones básicas del calentamiento, entonces el proceso político puede ser paralizado por tiempo indefinido. Esto es exactamente lo que ha ocurrido -al menos hasta hace muy poco-, y todavía no está claro cuándo cambiará realmente la situación.

Parte del problema tiene que ver con un cambio estructural de largo plazo en el modo en que opera actualmente el mercado de ideas en EE UU. La naturaleza unidireccional de nuestro medio de comunicación predominante, la televisión, se ha combinado con la creciente concentración de la propiedad de la enorme mayoría de los medios de comunicación en un número cada vez más pequeño de grandes conglomerados que mezclan los valores del espectáculo con los del periodismo, lo cual acaba dañando seriamente el papel de la objetividad en el foro público estadounidense.
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Hoy día hay menos periodistas independientes con la libertad y la estatura necesarias para informar al público cuando importantes hechos son tergiversados de manera permanente con el fin de engañar a la audiencia. Internet ofrece la oportunidad más esperanzadora para restablecer la integridad del diálogo público, pero la televisión es todavía el medio predominante en el modelado de ese diálogo.

Las técnicas de propaganda que surgieron con los nuevos medios masivos de filmación y comunicación del siglo XX prefiguraron la amplia utilización de técnicas relacionadas para la publicidad y la persuasión política de masas. Y ahora, la presión de los intentos corporativos de influir y controlar las iniciativas políticas se ha intensificado enormemente, lo cual a su vez nos está llevando a la utilización muy difundida, y a menudo cínica, de las mismas técnicas de persuasión de masas para condicionar las ideas del público en relación con importantes asuntos, de modo que no presten su apoyo a las soluciones que podrían resultar incómodas -y costosas- para ciertas industrias.

Una de las técnicas constantemente utilizadas en la campaña para detener las acciones contra la crisis climática ha sido acusar repetida e insistentemente a los científicos que intentan advertirnos de la crisis de ser deshonestos, codiciosos e indignos de confianza, así como de distorsionar los hechos científicos con el fin de engrosar de algún modo sus subsidios para la investigación.

Estos cargos son insultantes y absurdos, pero se han repetido lo bastante a menudo y en un volumen lo suficientemente elevado -y a través de los megáfonos de tantos medios de comunicación- como para que mucha gente se pregunte actualmente si esas acusaciones son verdaderas. Y esto resulta especialmente irónico, dado que muchos de los escépticos reciben fondos y apoyo de grupos con intereses sectoriales financiados por corporaciones desesperadas por detener toda acción contra el calentamiento global.
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Resulta increíble, pero el público ha estado oyendo estas opiniones desacreditadas de los escépticos tanto o más de lo que han oído las ideas consensuadas por la comunidad científica global. Este hecho vergonzoso constituye una notoria mancha en la historia de los medios de prensa estadounidenses modernos, y, tardíamente, muchos líderes del periodismo están dando algunos pasos para corregirlo. (...)

Hemos perdido mucho tiempo, que podríamos haber utilizado para resolver la crisis, a causa de que quienes se oponen a la acción han tenido éxito, hasta el momento, en politizar el problema en las mentes de muchos estadounidenses.

Ya no podemos darnos el lujo de permanecer inactivos y, francamente, no hay ninguna excusa para ello. Todos queremos lo mismo: que nuestros hijos y las generaciones posteriores a ellos hereden un planeta limpio y hermoso que pueda sostener una saludable civilización humana. Esta finalidad debería trascender la política.

Sí, la ciencia siempre está en proceso y siempre evoluciona, pero ya hay datos suficientes -daños suficientes- como para que sepamos sin lugar a dudas que tenemos problemas. Éste no es un debate ideológico con dos bandos, uno a favor y otro en contra. Sólo hay una Tierra, y todos los que vivimos en ella compartimos un mismo futuro. En este momento nos enfrentamos a una emergencia planetaria y es tiempo de actuar, no de suscitar falsas controversias diseñadas para asegurar la parálisis política.

Muchas ciudades de EE UU han "ratificado" por su cuenta el protocolo de Kioto y están haciendo estrategias políticas para reducir la contaminación asociada al calentamiento global por debajo de los niveles exigidos por el protocolo.

Pero ¿y qué hay del resto de nosotros?
En última instancia la pregunta se reduce a lo siguiente: nosotros, los estadounidenses, ¿somos capaces de hacer grandes cosas, aun cuando pueden resultar difíciles? ¿Somos capaces de trascender nuestras limitaciones y ponernos de pie para asumir la responsabilidad de trazar nuestro propio destino? Bien, la historia nos indica que sí tenemos esa capacidad. Hicimos una revolución y fundamos una nueva nación basada en la libertad y la dignidad individual. Ganamos dos guerras contra el fascismo de manera simultánea, en el Atlántico y en el Pacífico, y después ganamos la paz que las siguió. Tomamos la decisión moral de que la esclavitud estaba mal y que no podíamos ser la mitad libres y la mitad esclavos. Hemos curado aterradoras enfermedades como la polio y el sarampión. (...)

Crisis anterior

Hasta hemos resuelto una crisis mundial ambiental antes. Se decía que el problema del agujero de la capa estratosférica de ozono era insoluble, porque sus causas eran globales y la solución exigía cooperación de todos los países. Pero EE UU asumió el liderazgo con un presidente republicano y un congreso demócrata. Preparamos el borrador de un tratado, garantizamos un acuerdo mundial en torno a él y comenzamos a eliminar las sustancias que causaban el problema. Actualmente, en todo el mundo, estamos ya inmersos en el proceso para resolver la crisis de la capa de ozono. (...)

Tenemos que escoger algo diferente: hacer del siglo XXI un tiempo de renovación. Aprovechando la oportunidad que esta crisis encierra podemos liberar la creatividad, la innovación y la inspiración que son parte de nuestra herencia tanto como lo es nuestra vulnerabilidad a la codicia y la mezquindad. La decisión es nuestra. La responsabilidad es nuestra. El futuro es nuestro. (...)

La Tierra es nuestro único hogar. Y es lo que está en juego. Nuestra capacidad para vivir en el planeta Tierra, para tener un futuro como civilización. Creo que ésta es una cuestión moral.

La capa de ozono y los gases de efecto invernadero

HABÍA UNA VEZ UN FRIGORÍFICO que podía matarle. Los primeros modelos utilizaban gases tóxicos y explosivos para mantener fría la comida. Pero luego, en 1927, el químico Tomas Midgley inventó los clorofluorocarbucos -o CFC- para reemplazar esos gases. Promocionados como una innovación, los CFC revolucionaron la refrigeración y, en su momento, esta familia de sustancias aparentemente inofensivas fue abriéndose camino hacia todo tipo de productos.
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(..) Hacia 1974 se habían vendido millones de refrigeradores con CFC en su interior en todo el mundo. Entonces, dos científicos comenzaron a observar con mayor detalle cuál era su impacto. Los doctores F. Sherwood Rowland y Mario Molina propusieron la teoría de que, al elevarse hacia la parte superior de la atmósfera, las moléculas de estas sustancias eran disgregadas por el sol, lo que causaba la liberación de cloro en la capa de ozono e iniciaba una peligrosa reacción en cadena.
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El ozono es una simple combinación de tres moléculas de oxígeno que, cuando está en la estratosfera de la Tierra, nos protege de los rayos más peligrosos del Sol. Rowland y Molina suponían que el cloro se mezclaba con el ozono en la superficie de las partículas de hielo de la estratosfera y que cuando la luz del Sol incidía sobre ellas, el cloro corroía esta frágil piel protectora, dejando pasar libremente los rayos ultravioletas del sol a través de la atmósfera y dañando con ello la salud de plantas y animales, causando cáncer de piel y hasta constituyéndose como amenaza para nuestra vista.
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Estos científicos, junto con Paul Crutzen, compartieron el Premio Nobel en 1995 por su trabajo en química atmosférica. Y lo que es más importante todavía, hicieron sonar las alarmas. (...). En 1987, 27 países firmaron el Protocolo de Montreal, el primer acuerdo global para regular los CFC. Con la mejora de la ciencia, más y más países se han agregado a la lista. El último recuento daba 183. Desde 1987, los niveles de los CFC se han estabilizado o han declinado.
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(...)Controlar los gases invernadero será más difícil, porque el dióxido de carbono -el principal causante del efecto invernadero- está más relacionado, de un modo más estrecho, con la economía global de lo que los CFC lo han estado jamás. Modificar los métodos de nuestras industrias y cambiar nuestros hábitos personales constituirá un desafío (...).

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"Quien no sea capaz de forzar el lenguaje no puede ser buen escritor". F. Umbral / Entrevista

Francisco Umbral

EL ESCRITOR ESTRENA LIBRO: 'AMADO SIGLO XX'

Umbral: 'Quien no sea capaz de forzar el lenguaje no puede ser buen escritor'

EMMA RODRÍGUEZ / MADRID.-
Francisco Umbral recibe más alto, más delgado, más evanescente que nunca. Llama la atención su fragilidad, hecha de los azotes de las últimas recaídas de su enfermedad, pero también su lucidez reflexiva, su empeño por seguir adelante, dando largas a la vejez, entusiasmándose con su nuevo libro, 'Amado siglo XX', editado por Planeta y del que reposa un ejemplar en la mesilla, o con el tema que utilizará para escribir una próxima columna. El día de la entrevista —el pasado lunes—, el escritor barajaba dos posibilidades: las modelos excluidas de la Pasarela Cibeles por su delgadez o la muerte del inventor del futbolín.

Francisco Umbral recibe con camisa rosa y pantalón de pijama a rayas. El gato espera agazapado tras la puerta y él se sienta —más bien, se refugia— en el sillón, con sus larguísimas piernas cruzadas. "Hay días en los que no hace falta buscar el tema, sino que es éste el que acude a ti", señala, y se sienta a hablar de su libro como quien quisiera descubrirlo, iluminarlo con los comentarios ajenos. "¿Yo he escrito eso?", pregunta más de una vez, olvidadizo, perdido tal vez en el baúl de los recuerdos, en el hallazgo de sus adjetivos, en esos "demonios" de la literatura con los que confiesa haber nacido.

Pregunta.- Empecemos por el final del libro, por ese revelador epílogo en el que Francisco Umbral se retrata a sí mismo. Es como si se hubiera sentado en el diván del psicoanalista para confesar que usted ha sido un hombre con dos vidas: la real y la que se ha ido forjando a través de la literatura.

Respuesta.- Lo que hago es facilitar el trabajo a los críticos. En este libro, me ha interesado mucho decir verdades, ser sincero. Y no me refiero a verdades escandalosas sino íntimas, profesionales. Hay una frase clave en el libro: "Soy un profesional de lo mío", y es la verdad. Yo lo que hago es hablar de mi vida, de mis escritores, de la gente que he frecuentado en la literatura y en la amistad. Igual que el portero de fútbol es profesional de su portería, yo lo soy de mis cosas, de mi gato, de mi jardín... Los que no me entienden me tachan de yoísta, me ven como alguien muy entregado a su ego, pero resulta que no es eso. Yo escribo de mí mismo en tercera persona para distanciarme y decir cosas más esenciales. No se trata para nada de presumir de un coche, un traje o una novia.

P.- Da a entender que, en esa doble vida, ha sido la literaria, a la que denomina umbraliana, la que ha acabado devorando a la otra. ¿Ha llegado a confundirse? ¿Ha querido confundir a sus lectores? De hecho, usted resulta un personaje huidizo, complejo, difícil.

R.- He jugado a confundir, lo admito. En Un ser de lejanías, el narrador Francisco Umbral llega una mañana y se dispone a entrevistar a Umbral sin ninguna explicación previa. Ahí se funden los dos, y debo confesar que esos juegos me gustan, pero no los he inventado yo. El que mejor juega consigo mismo es Marcel Proust, lo que pasa es que él lo hace bien por ocultar amores secretos que no le interesa divulgar, bien por narrar o no narrar cosas acerca de su madre, cuya muerte se salta, no la cuenta, aunque de algún modo está presente cuando relata la de su abuela.

P.- Proust recorre muchas páginas de 'Amado siglo XX', pero también Sartre, de quien parte la filosofía que usted sostiene durante todo el libro del escritor contra sí mismo.

R.- Bueno, es que Sartre es otro ejemplo de lo que hablábamos antes, pero él monta ese juego no como una estrategia de novelista, sino por razones filosóficas y de pensamiento. Sartre es muy buen escritor y a mí me encanta lo que dijo en una entrevista de que, a partir de ese momento, sólo iba a escribir contra sí mismo. Después de esa declaración, murió, claro.

P.- Hablando de juegos y de estrategias, ¿cuál es la estrategia de Francisco Umbral?

R.- En mi caso, puede que sea una estrategia puramente literaria, estética, más decorativa que otra cosa... Pero esta vez yo no quería hacer un libro sobre mí, sino unas memorias del siglo XX, que es el mío. Un siglo donde he vivido libremente, alegremente. Quería agarrarme a sus aspectos más atractivos, pero resulta que se convirtió en un libro de mí mismo. Yo no tengo la culpa.

P.- La publicación de 'Amado siglo XX' la agradecerán los lectores de Umbral que últimamente se han preocupado por su salud. ¿Uno cambia con la enfermedad, se vuelve más solidario con las debilidades y fragilidades de los demás?

R.- Nada de eso. La enfermedad lo que lo vuelve a uno es más egoísta. Y más a un escritor, que de por sí lo es. Y, luego, está la tentación de escribir sobre ello, un tema peligroso por demasiado fácil. Yo ya lo hice en 'Mortal y rosa'; al parecer, con buenos resultados. Y, precisamente por eso, no es un camino que deba seguir, que deba explotar más.

P.- ¿Y la vejez? ¿Ha llegado la hora de asumirla?

R.- Hasta ahora, la había olvidado, más pendiente de las circunstancias, de la enfermedad, pero ahora, ya recuperado, superados los obstáculos, es peor, en el sentido de que tengo que afrontar la realidad cotidiana.

P.- ¿Es de los que piensa que se gana en sabiduría y en una mayor serenidad para presenciar el mundo?

R.- Pienso que no se gana nada con la vejez. Todo eso que se dice no son más que consuelos. La sabiduría y la tranquilidad son cosas que ya deberían estar en el paquete cuando uno llega a viejo.

P.- Confiesa que ha vivido el siglo XX con violencia, ¿a qué se refiere?

R.- Me refiero a mi manera de afrontar, de acometer las cosas, con intensidad. El siglo XXI ya me coge más cansado... Pero la verdad es que la idea la tomé de un ilustre presentador que, cuando hace muchos años habló de uno de mis libros, dijo que tenía que suscribir todo lo que yo había dicho e incluso hacerlo con violencia. Tenía mucha altura y me quedé con ello. Los que somos profesionales de la palabra estamos constantemente cuidando y persiguiendo los significados y, a mí, términos como violencia o atroz me gustan mucho porque, colocados fuera de contexto, cobran fuerza. Hace poco, leí una crítica en la que se reprochaba a un escritor que siempre pusiese los adjetivos previsibles. Y estoy de acuerdo, quien no sea capaz de forzar el lenguaje no puede ser un buen escritor.

P.- Dice que el siglo XXI le coge cansado. ¿Tiene la impresión de ser hijo de otra época?

R.- Suelo olvidarlo en el día a día, inconscientemente, pero la vida me lo recuerda cuando veo algunas películas y no recuerdo a los actores. Entonces me doy cuenta de que soy yo el que estoy pasado y no ellos, que están de plena actualidad, como Penélope Cruz, y son para mí una sucesión de desconocidos. Y lo mismo me pasa con los premios, no reconozco los nombres de muchos de los premiados. Hace poco, vi un documental en el que Fernando Fernán-Gómez hace una exploración ejemplar de su vida, y me impactó porque está en ese mismo rollo... La gente de la que habla ya queda muy lejos de la de hoy... Hasta la Gran Vía es otra cosa. Ya no es como era.

P.- El tiempo pasa y, en el libro, se trasluce una cierta nostalgia de lo ido.

R.- En efecto. Le contaré una anécdota: yo fui al Café Gijón durante 20 años todas las tardes a tomar café y a charlar con los poetas que allí se reunían, pero un día llegué a la mesa y no había nadie. Me senté y estuve esperando durante dos horas, pero no llegaron. Entonces comprendí que no era un azar. Todos se habían muerto y yo seguía yendo allí por inercia a encontrarme con ellos. Me di cuenta de que estaba solo y la idea me aterrorizó.

P.- En 'Amado siglo XX', no está solo, ni mucho menos. Por el libro desfilan muchos personajes en una mezcla muy bien sazonada de Historia y literatura. Están los políticos, los amigos, los escritores. Le acompañan Lorca, Valle, González Ruano y tantos otros, con Sartre y Proust a la cabeza, animando todo el recorrido.

R.- Tenía verdadera necesidad de hablar de mi gente, de reducir el siglo XX a sus esencias y, claro, están las grandes figuras históricas y todos los escritores que me han interesado, a algunos de los cuales les he dedicado libros completos. La presencia de Sartre es esencial porque es de él de quien tomo la idea de escribir contra mí mismo. Me parece muy buen escritor, puede que no esté a la altura de Heidegger como filósofo, pero como escritor... Y Proust es inagotable. Lo hizo todo, aunque aquí se le ha leído poco y se le ha entendido mal.

P.- Si tuviera que elegir algo de este recorrido, ¿se quedaría con las vanguardias?

R.- Sin duda. Me quedaría con la creatividad de las vanguardias, a las que he dado muchas vueltas. No tengo edad para escapatorias y, por eso, vuelvo una y otra vez a mis obsesiones, me acojo a los tesoros literarios de toda mi vida, a ésos que han adquirido solidez e importancia.

P.- Y, ¿cómo contempla Umbral el siglo XXI?

R.- El siglo XXI ya me importa menos. Me da la impresión de que se están consumando y consumiendo temas y sistemas del siglo XX. Hay menos novedades y sorpresas. Ya no se inventan bicicletas geniales en el pensamiento, la ciencia, la técnica... No hacen más que perfilarse ideas ya esgrimidas en el XX. Es como si estuviéramos viviendo un poco de las rentas, aunque no descarto que este siglo pueda sorprendernos un día con un gran petardazo.

P.- Volvamos al principio, ¿es 'Amado siglo XX' su obra más sincera?

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