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Nombre: pedsarod
Ubicación: santo domingo, Dominican Republic

7.6.06

LITERATURA Y MERCADO: DEBATE


Idelfonso Falcones, Javier Sierra,
Luis Matos Díez y Belén Gopegui

Si hace una semana se encendía la Feria del Libro (de Madrid) ahora ya es una pura llamarada de ventas y dedicatorias, de autores y paseantes y lectores. Ildefonso Falcones con su La catedral del mar (Grijalbo) y Javier Sierra con La cena secreta (Plaza & Janés) son dos de sus grandes protagonistas. Mientras el primero lleva más de 300.000 ejemplares vendidos, la novela de Sierra, publicada en 2004, ha sido número 1 en Italia y Canadá y arrasa en Estados Unidos. Son el rostro más visible de esa literatura comercial que se atreve a decir su nombre. La apuesta de Luis Mateo Díez y Belén Gopegui, en cambio, es la Literatura que busca trascender y trascenderse, la que no aspira a millones de ejemplares sino a encontrar a “su” lector. Dos maneras de entender la creación.

Ildefonso Falcones y Javier Sierra
De La catedral del mar se han vendido más de 300.000 ejemplares, los mismos que de La cena secreta en sus 18 ediciones. Además, el libro de Sierra se lanzó en marzo en Estados Unidos con una tirada inicial de 370.000 ejemplares y es el primer libro español que ha aparecido en el “top ten” de la lista de bestsellers de “The New York Times” desde su creación en 1942. Por eso la primera pregunta es inevitable:

¿Cómo se hace la digestión de un éxito así?

Javier Sierra: Muy fácil: manteniendo la vista en el horizonte de nuevos proyectos. Soy un autor inquieto, que disfruta tanto con la investigación como con el proceso de escritura de una novela, y para mí La cena secreta es ya un proyecto del pasado. Me preocupa más digerir las casi mil fuentes de documentación que barajo para la construcción de mi próximo libro. Sin embargo, cuando algo así ocurre con un libro resulta muy difícil pasar página y olvidarse de lo que hiciste. De aquí al verano, por ejemplo, son seis los países que aguardan a que les explique cómo construí La cena secreta y llegué a la conclusión de que el célebre mural del Cenacolo de Leonardo podía leerse como si fuera un texto. Y, la verdad, no sé negarme a reunirme con esos lectores.

Ildefonso Falcones: No lo sé, creo que cuando lo haya digerido lo podré decir, porque el libro salió en marzo y desde hace dos meses no paro un minuto por culpa (o gracias más bien) a la promoción y las entrevistas.

–¿Qué les dirían a quienes critican sus libros por comerciales?

I. Falcones: Que no pueden tratar de incultos o tontos a toda la gente que lo ha comprado, lo ha leído, le ha gustado y se lo recomienda a otra gente. Y que me critiquen muchas veces así, porque significará que he acertado, y que mis libros siguen gustando. Tampoco entiendo la disyuntiva entre lo comercial y la calidad, ni por qué tienen tantos prejuicios y dan por hecho que ventas y calidad son incompatibles.

J. Sierra: Yo les invitaría a que se tomaran su tiempo para leerlo. La cena secreta no es un mero cóctel de ingredientes de bestseller. Ofrece la posibilidad de entender el arte tal y como lo concibieron los grandes maestros de la Edad Media y del Renacimiento, esto es, como un ve-hículo para la transmisión de ideas, doctrinas e incluso herejías. De algún modo, mi novela contiene una invitación para adentrarse en el oscuro universo de los símbolos antiguos de un modo comprensible, y en el marco de una intriga que invita a asomarse a cada página.

–¿A qué creen que sus libros le deben su éxito en mayor medida, al auge de la novela histórica, a Dan Brown, al interés por lo esotérico...? ¿O la clave está en el público?

J. Sierra: La respuesta, sin duda, la tienen los lectores. Supongo que cada uno de ellos ha encontrado algo distinto en mi obra. Hay claves esotéricas. Pero también las tiene el Quijote. Hay novela histórica y elementos de thriller. Pero otros libros que son así no terminan de calar. Me gusta creer que una de las claves está en las puertas que abre La cena secreta a la comprensión del pasado: cada una de las fuentes que cito, de los detalles y personajes históricos que describo, están cuidadosamente documentados y pueden ser contrastados por el lector. De hecho, he dejado deliberadamente muchas pistas en mi libro que me consta que muchos lectores están siguiendo por su cuenta. ¡Y eso es lo que pretendí! Convertir La cena secreta en el inicio de una aventura personal.

I. Falcones: Sin duda, al público. Dan Brown ha recuperado para la lectura a millones de lectores en todo el mundo que cuando acaban sus libros quieren seguir leyendo. No soy el más indicado para señalar lo que puede gustar a la gente de mi libro, pero me dicen que les ha entretenido, que es un relato atractivo, y el comentario más común y repetido es que engancha, y que les ha interesado mucho la recreación histórica. En cambio, no creo que tenga nada que ver con el esoterismo, porque aunque hay quien la ha comparado con Los pilares de la tierra, de Follet, mi libro no tiene ningún misterio ni nada raro. La catedral de Follet es ficticia y la mía es real, Santa María del Mar, y mientras en Los pilares todo el argumento se fundamenta en la construcción, aquí es algo secundario. Claro que tampoco tiene nada que ver con el Código...

–¿Están de acuerdo con quienes dicen, como Guelbenzu, que los libros que no se venden ni salen en los medios, no existen...?

I. Falcones: No. Es obvio que los libros que no aparecen en los medios y no se venden parecen no existir, y que si tienen un mercado amplio y los compran muchas personas tienen una presencia mayor, pero existe mercado para todos, y lectores para todos también. Supongo que depende del objetivo que se busque, hay títulos que se venden masivamente y arrasan, otros con voluntad de ser comerciales que gustan poco, y otros minoritarios que acaban encontrando su lector. Y sigue funcionando el boca a boca, al margen de los medios y la promoción.

J. Sierra: Yo no me atrevería a generalizar esa máxima. Hay libros que esconden entre sus páginas verdaderos “temporizadores” que los hacen estallar años, décadas y hasta siglos después de que fueran escritos. Un ejemplo evidente es lo que está ocurriendo ahora con los Evangelios Apócrifos.

–¿Cómo ha cambiado la vida de los hombres que se esconden tras La cena secreta y La catedral del mar?

I. Falcones: Apenas tengo tiempo para pasar por mi bufete, atender a mi familia ni escribir. Antes dedicaba a mi trabajo como abogado entre 8 y 10 horas diarias, y ahora las entrevistas y la promoción del libro se llevan el cincuenta por ciento de mi tiempo. Y no me arrepiento en absoluto, es fantástico todo lo que está pasando. Afortunadamente mi mujer me ha apoyado y mis hijos son muy pequeños y no se enteran demasiado de lo que está pasando, aunque uno de ellos ha escrito un artículo en la revista del colegio

J. Sierra: Ha cambiado poco. Sigo madrugando para leer y revisar mis textos, como hacía antes del éxito internacional. Me siguen preocupando las mismas cosas, y trato de conservar la libertad de movimientos y de investigación que tenía antes. Ahora, tal vez, con mi libro publicado en 38 países, el mayor cambio es el de saberme reconocido en lugares que siempre me interesó visitar, y que ahora sé llenos de amigos.

–Una vez conquistados los lectores, ¿qué quisieran para sus próxima novela, repetir un éxito de ventas similar o ganarse el reconocimiento unánime de la crítica?

J. Sierra: Sin duda, tener tantos lectores como los que disfruta La cena secreta. Entre ellos, algunos serán críticos. Y algunos disfrutarán con su lectura. Otra cosa es que se atrevan a decirlo. No obstante, me sorprende haber comprobado cómo la crítica en Estados Unidos, Canadá, Reino Unido o Australia ha sido muy generosa con mi obra y que aquí, en España, pese a haber quedado como finalista del premio de Novela Ciudad de Torrevieja en 2004, apenas ningún suplemento literario se haya ocupado de ella. Entiendo que la razón está no en una falta de interés, sino en un exceso de novedades a comentar.

I. Falcones: A mí lo de la crítica me da lo mismo. Bueno, me interesa si es objetiva y comenta el libro en sí, y me afecta, cómo no, si me dice que utilizo mal los adverbios o que he cometido errores históricos de bulto, porque son comentarios profesionales y rigurosos, necesarios para orientar al lector. Otras críticas interesadas que niegan su calidad porque es comercial no me importan nada. En cuanto a mi segunda novela, por supuesto que voy a seguir escribiendo para que al lector le pueda gustar.

–Una dedicatoria para el lector de El Cultural que vaya a buscarles en la Feria.

Javier Sierra: “Aquí se esconde un secreto que fue escrito para tí, lector. Sé que, en adelante, cuidarás de él como se merece”.

Ildefonso Falcones: “Por lo que la unión de los ciudadanos puede conseguir”.

Luis Mateo Díez y Belén Gopegui
–Hablar de los autores ante el mercado del libro puede hacernos pensar que por un lado están los autores y por otro el mercado: ¿es así?

Luis Mateo Díez: Si los autores escribimos los libros, el mercado está comprometido sin remedio con lo que hemos creado y derivado de nuestra responsabilidad. El libro vive en ese terreno de transacción, es un bien vendible y comprable. Pero eso no evita que en el hecho de escribir, de expresarme, el dichoso mercado me importe un pimiento. Cada día tengo una sensación más indolente de la propiedad de mis ficciones y, en tal sentido, su mercadería me resulta bastante marginal. Escribir, sin embargo, ha acrecentado la pasión de una experiencia que no logro reprimir, ya que haciéndolo sobrevivo. Son mis ficciones las que me siguen rescatando del marasmo de una existencia precaria. El mercado no lo miro, puede hasta darme grima. Y, además, nunca me interesó vivir de lo que escribo, aunque sé que nada hay más honroso que hacerlo.

Belén Gopegui: ¿Es mejor que haya cuarenta variedades de galletas o que se investiguen las enfermedades raras? Pongamos que elegimos lo segundo. ¿Podemos detraer parte de los recursos que se emplean en galletas y destinarlos a investigación médica? En este sistema económico, no. Tal vez pudiéramos entrar en los supermercados e introducir mensajes inquietantes en las cajas de galletas. Donde digo cajas, ponga usted literatura. Los autores no pueden dejar de hacer galletas, ellos no eligen lo que van a producir; algunos autores pueden, quizá, alterar esas cajas por vías inesperadas.

–¿Se consideran uno de esos mil autores que, según uno de ustedes, Gopegui, escriben sin temor a no vender? ¿Cómo se logra esa libertad?

B. Gopegui: No estoy en ese uno por mil. He procurado dirigirme a una comunidad de personas que vive como yo en de un país capitalista y no está de acuerdo con sus reglas. No son millones pero tampoco son mil, y escribo con la idea de que serán más. Escribo para ellas, con ellas, si desaparecen mis libros no se venderán y ningún editor podrá publicarlos. Procuro colocar el temor en lo común, que sea nuestro temor, el de una línea de pensamiento y de acción que ha de abrirse camino.

L. M. Díez: Vender es imprescindible para que te lean, aunque sería maravilloso que el espacio de la lectura estuviera preservado de la compraventa, una ilusión atrabiliaria. La lectura completa la escritura, alguien hay en algún sitio que está dispuesto a la complicidad con tus invenciones, del mismo modo que uno establece en sus lecturas esas complicidades. Escribir para vender parece una actitud excesiva. Escribir para que te lean parece una actitud más honorable, más razonable, más interesante. Es un conducto que parece paralelo para que te llegue el valor material del libro, lo que te corresponde de lo que por él pagaron, pero ofrece una dimensión distinta, la actitud es otra. Y eso se relaciona con lo que escribes, con el reto de lo que haces, que es lo que te satisface y lo que pretendes. O lo que te frustra. No me va a frustrar que mi libro no se venda, me frustrará no haber llegado al límite de mis pretensiones expresivas. La libertad se consigue sabiendo lo que se quiere, y olvidando cantos de sirena que no provengan de uno mismo.

–A pesar de todo, escriben sin tener en cuenta lo que se lleva y lo que está bien visto... ¿qué les dicen sus editores, les sugieren otros temas?

L. M. Díez: Escribo lo que me da la gana, ya sería el colmo. Escribo desde mis necesidades más íntimasy con lo que yo puedo expresar y reflexionar de la condición a la que pertenezco, en esa contribución a lo que pomposamente alguien llamaba el patrimonio de la imaginación humana. El editor no existe hasta que yo acabo mi trabajo. Jamás un editor me ha sugerido nada. Tengo la suerte de contar con editores amigos que aprecian lo que hago. No entiendo lo que pinta un editor en el acto de la creación, otra cosa será en el del comercio. Mis editores no se portan conmigo como comerciantes y, además, se alegran cuando les digo que acabo de terminar una historia. ¿Es que un editor puede llamarte con una sugerencia narrativa...? Será que el escritor espera esa llamada, de otro modo no me lo explico.

B. Gopegui: Lo que se lleva y lo que está bien visto ¿por quién?; sí tengo en cuenta lo que para determinada comunidad es necesario, estimulante. En cuanto a mi editor, creo que piensa que el día en que esa comunidad sea mayoritaria está muy lejos, pero creo que a veces desea que llegue ese día. Tiene sus contradicciones, como toda persona que aún no ha renunciado a pensar, y creo que puedo publicar porque las tiene.

–De todos los modelos que ahora están de moda, ¿cuál le merece menos estima y por qué?

B. Gopegui: La moda narrativa de la guerra civil. Criticar el maniqueísmo y pensar que en la guerra civil norteamericana hubo comportamientos injustos en los dos bandos no nos hace decir: “quizá la esclavitud sea buena, al fin y al cabo su ausencia conlleva un riesgo de totalitarismo...” Sin embargo, esto ocurre cuando se “literaturiza” la guerra civil española olvidando que en Estados Unidos perdieron los esclavistas, pero aquí no. Veo irresponsabilidad, falta de comprensión del sentido de la épica y de las leyes narrati-vas en quienes intentan hacer aquí con la derrota lo que hizo Faulkner con el Sur esclavista.

L. M. Díez: No me merecen ni estima ni curiosidad los modelos de trivialización y comercio estricto, por la vía de esa valoración equívoca que se llama entretenimiento. En una sociedad de ocio y consumo, tan extraña y contradictoria, nada tiene menos interés artístico que lo que se contagia de eso. Entretener es algo primordial, pero tiene grados de apasionamiento, de perturbación; un entretenimiento de medio pelo no vale para nada, es inocuo y estúpido. Abrir un libro para pasar el rato me parece terrible y absurdo. Las novelas que te ganan la vida son las que te secuestran y llevan a lugares desconocidos. De ellas regresas con un conocimiento mayor de ti mismo y de la condición a la que perteneces. Tampoco me interesan mucho ciertos modelos de descrédito de la ficción, de autocomplacencia metaliteraria, en las que el yo del narrador está por encima de todo. Decía Nemirosky que una buena novela siempre es un callejón lleno de gente desconocida. Es en ese callejón donde me gusta perderme y donde mejores ratos he pasado, tantos y tan intensos que son los que mayor memoria dejaron en mi existencia.

–¿Están de acuerdo con quienes dicen, como Guelbenzu, que los libros que no se venden ni salen en los medios, no existen...?

L. M. Díez: Ése es el colmo de la contradicción. Los medios por encima de la propia realidad de los libros. Es el fruto de una sociedad mediatizada. Queda acaso ese espacio modesto pero fiable del boca a boca.B. Gopegui: No. Tal vez no conozca Egolatría de Guillermo Rendueles, editado por KRK. No ha salido apenas en los medios no alternativos, pero si entendemos por existir algo como: decir la verdad, que esa verdad sea útil y buena y pueda tener consecuencias relevantes, entonces ese libro existe mucho más que los veinte libros divulgativos de psiquiatras de moda que echan gotas de agua en la corriente. Hay que luchar para que se pueda conocer lo que existe en vez de seguir consumiendo historias que en verdad no existen, pues se disuelven como agua contaminada en el agua contaminada.

¿Es posible (y necesaria) una nueva ética del escritor?

L. M. Díez: La ética del escritor es la fidelidad y el rigor consigo mismo, al pie de lo que como persona decida ser, su pensamiento, la responsabilidad estética y moral. La complejidad es un elemento crucial en la mirada y en la escritura, un buen resorte de análisis y comprensión. No me gusta un pelo el escritor intelectual, el artista que imparte dogma. La novela llegó para democratizar las percepciones de la vida, para cortarle las alas a los dioses o a las ideologías. Contar la vida ya es un denodado esfuerzo. Y la mejor manera de que no nos la suplanten.

Belén Gopegui: Pueden ser éticas antiguas. Pongamos ésta de Brecht: “No disimular los delitos de los poderosos, no humillar a los oprimidos, no querer alimentar con cantos a los hambrientos”. Son normas que cabe aplicar a las novelas. Por ejemplo, creo que cuando Vargas Llosa, para hablar del gobierno del mal, elige a Trujillo en vez de a Pinochet o a Kissinger y a las redes que les amparaban, está disimulando la servidumbre delictiva al capital, ocultándola bajo el estereotipo de un hombre malísimo incómodo con su próstata.

El cultural. 7.6.06
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